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Sent: Wednesday, April 13, 2005 2:37 PM
Subject: [italiapiquetera] Vaticano: mafia y CIA
Informe especial
Luciani:
el Papa que debía morir
La trama CIA-Opus Dei-mafia financiera en el Vaticano
Cómo llegó al poder de Roma el Papa Juan Pablo II. Cuál fue el papel de
Washington, la CIA, la ultraderecha clerical y la mafia italo-norteamericana
en su designación y en el asesinato del Pontífice que lo precedió. Cómo se
ligan los intereses estratégicos de EEUU con su papado, y cuál fue el rol
del Vaticano en la financiación del aparato paramilitar que asesinó y torturó
a militantes y a sacerdotes católicos rebeldes en Latinoamérica. Cómo se
inserta el Opus Dei en la estructura del poder clerical de Roma, y cuál es el
escenario de poder real que se movía detrás del "Papa mediático"
mitificado y endiosado por los gobiernos y las multitudes.
El ascenso al sillón de Pedro de Albino Luciani, en 1978, con sus postulados
"renovadores" representó un golpe inesperado para los sectores más
ultra-reaccionarios -vinculados con Washington, el Opus Dei, la mafia y el
lavado de dinero- que recorrían los pasillos vaticanos intrigando para
imponer al conservador arzobispo genovés Giuseppe Siri.
Juan Pablo I, un "revolucionario" de la Iglesia Católica, según
los "vaticanistas", fue el primer Papa con dos nombres, gesto que
adoptó para honrar la memoria de sus dos predecesores, Juan XXIII y Pablo VI.
La apertura de la Iglesia hacia su "izquierda renovadora" produjo
los pontificados de Juan XXIII y de Pablo VI, y amenazaba su continuidad
expansiva con el apostolado de Albino Luciani, que chocaba con los intereses
entronizados de la cúpula del poder mafioso encaramado en el Vaticano, de los
cuales se valía Washington para irradiar sus estrategias de expansión en el
seno de la Iglesia Católica.
Contrariamente a lo que pronosticaban los conocedores de las intrigas
vaticanas, Luciani accedió a la jefatura de la Iglesia Católica en 1978, por
encima del polaco Wojtyla al que, muchos, incluido el propio Luciani,
consideraban número puesto como futuro Papa impuesto por el establishment del
poder curial.
El secretario de Estado del Vaticano Jean Villot, un operador de Washington y
de la mafia financiera en la "Santa Sede", declaraba públicamente
antes del ascenso de Luciani:“he encontrado al futuro papa: será el
cardenal Wojtyla”.
En septiembre de 1978, Mino Pecorelli, un periodista escribió un artículo
titulado El Gran Alojamiento del Vaticano.
La lista, en gran parte, estaba integrada por cardenales, obispos, y prelados
de alto rango. Los nombres de Jean Villot, su Ministro de Asuntos Exteriores,
el cardenal Paul Marcinkus, jefe del Banco del Vaticano, y Pasquale Macchi, su
secretario personal estaban en la nómina.
Gracias al trabajo realizado por Giovanni Bennelli, que había sido hombre de
confianza de Pablo VI, el 89% de los votos del cónclave fueron a favor de
Luciani (Juan Pablo I), cuyo perfil continuador de la política de su
antecesor provocó la desilusión y la indignación del lobby de los
cardenales más derechistas.
Por suerte para estos sectores, el "papa de la sonrisa" sólo duró
33 días en el pontificado, lo que dio lugar a versiones de un complot contra
su vida, algunos basados en simples rumores y otros sustentados en las
declaraciones públicas de personajes clave que desmintieron la versión
oficial sobre el súbito deceso de Luciani.
Sus ideas de "cambio" nunca llegaron a hacerse realidad ya que murió
el 28 de septiembre de 1978, apenas 33 días después de haber sido electo, en
lo que fue el segundo papado más breve de la historia desde León XI, quien
murió en abril de 1605, menos de un mes después de su elección.
La muerte de Luciani, se produjo en pleno desarrollo de la Guerra Fría que
libraban Washington y Moscú por áreas de influencia. Principalmente en el
contexto latinoamericano donde la teología de la liberación -nacida al calor
del reformismo eclesiástico- se había convertido en la biblia de los
llamados "curas rebeldes" del tercer Mundo.
En América Latina, las dictaduras militares "anticomunistas"
formadas en la Escuela de las Américas y en la "Doctrina de Seguridad
Nacional", desarrollaban su "guerra antisubversiva" comulgando
en la iglesias de la ultraderecha católica.
La jerarquía católica conservadora latinoamericana, imbuida de la "Doctrina
de Seguridad Nacional" impulsada por Washington y el Pentágono, acompañaba
y santificaba las andanzas represivas de las dictaduras militares nacidas por
golpes de Estado impulsados desde el Departamento de Estado norteamericano,
tal como se demostró en los documentos revelados recientemente.
Toda esa política del Vaticano, fue avalada y consentida por el sucesor de
Albino Luciani, Juan Pablo II, quién se prestó al exterminio militar del
"comunismo ateo" en América Latina, de la misma manera que se plegó
a la "guerra anticomunista" que Washington y la CIA habian
lanzado para desestabilizar a la burocracia soviética y establecer el mercado
capitalista en las repúblicas socialistas de Europa del Este.
Años después, el Papa polaco que sucedió a Luciani avaló con su
silencio los feroces bombardeos y la invasión a Yugoslavia, punta de lanza de
la conquista de los mercados de Europa del Este, lanzada por la administración
Clinton al principio de los 90.
Con la llegada de Ronald Reagan al gobierno de EEUU, al principio de los 80 (teniendo
como vicepresidente al padre del actual presidente, George Bush) se profundiza
la relación de las mafias de las drogas y las armas con la estrategia de
Washington, en cuyo entramado la CIA transplantó, con los Contras nicaragüenses,
la metodología operativa del Irangate en América Latina.
Tras su muerte en 1978, la teoría del "envenenamiento" de Luciani (el
Papa Juan Pablo I) comenzó a circular off the récord por los pasillos
del Vaticano convirtiéndose en la comidilla secreta y a media voz de los
grandes círculos del poder internacional.
Los rumores siguieron acumulándose y casi se convirtieron en evidencia al
negarse Jean Villot, secretario de Estado del Vaticano, a realizar la autopsia
al cadáver del Papa Albino Luciani.
"Debo reconocer con cierta tristeza que la versión oficial entregada por
el Vaticano despierta muchas dudas", señaló el cardenal brasileño
Aloisio Lorscheider a The Time, el 29 de septiembre de 1998.
Diez años antes, el irlandés John Magree, que había sido secretario privado
de Luciani, negó que él hubiese encontrado el cadáver del papa muerto, sino
la hermana Vicenza.
Según sostiene Cristóbal Guzmán en su libro Opus Dei, la entronización del
fanatismo, la historia fue recogida por John Cornwell en A thief in the
night, donde sostiene que nadie en el Vaticano se preocupó de la enfermedad
de Luciani. Por su parte, el investigador británico David Yallop va más
lejos y es partidario de la versión del asesinato.
Según sus biógrafos, desde el momento en que accedió al trono de Pedro,
Juan Pablo I hizo constantes y obsesivas "predicciones" -a sus
amigos y colaboradores más fieles- de que su papado sería corto.
El obispo irlandés John Magree (señalado en un principio como el descubridor
del cadáver de Luciani), recuerda en el libro Un ladrón en la noche: la
muerte del Papa Juan Pablo I: “Estaba constantemente hablando de la muerte,
siempre recordándonos que su pontificado iba a durar poco. Siempre diciendo
que le iba a suceder el extranjero”. El "extranjero" era el polaco
Wojtyla.
El propio Magree, secretario personal de Juan Pablo I, y amigo del poderoso
cardenal Paúl Marcinkus, cuenta que, poco antes de morir, el papa le dijo:
“Yo me marcharé y el que estaba sentado en la Capilla Sixtina en frente de
mí, ocupará mi lugar.
Luego se dijo que fue el propio Wojtyla, ya convertido en Juan Pablo II, quién
confirmó a Magree que, en el momento de la elección papal , él se
encontraba casi de frente a Luciani.
Los hermanos Gusso, camareros pontificios y hombres de la confianza del Papa
Luciani, fueron destituidos unos días antes de su fallecimiento, a pesar de
la oposición del secretario papal, Diego Lorenzo.
Al parecer, también por esos días una persona logró introducirse en los
aposentos del Papa, dejando en evidencia la falta de seguridad en el Vaticano.
Complementando estas extrañas señales, un médico vaticano advirtió al Papa
días antes de su muerte que “tenía el corazón destrozado”.
Albino Luciani -dicen sus biógrafos- no tomó en cuenta este diagnóstico y
continuó desarrollando sus actividades en los que serían sus últimos días
de vida.
La "Santa Mafia" y la CIA
No bien asumió su apostolado el Papa Juan Pablo I (Albino Luciani) , elegido
en ese mismo año 1978, había decidido que la Iglesia no debía entrometerse
en asuntos políticos, despegando al Vaticano de la trama del dinero sucio que
ingresaba por vías de la política italiana, principalmente de la democracia
cristiana, que tradicionalmente se valió del Vaticano para acceder al
gobierno.
Según denuncia el periodista alemán Jürgen Roth, desde 1983
“Bettino Craxi, ex presidente italiano socialista, también fue corrompido
con millones de dólares , en sus cuatro años en el cargo aseguró mediante
decretos del Gobierno, entre otras cosas, el imperio mediático de Silvio
Berlusconi”, hoy en la riendas del gobierno italiano.
William Colby, jefe de la CIA entre 1973 y 1976, declaró en sus memorias que
“la mayor operación política asumida por la CIA fue prevenir el avance
comunista en Italia en las elecciones de 1958, impidiendo así que la OTAN
fuese amenazada políticamente por una quinta columna subversiva: el PCI”.
En 1972, ejerciendo como cardenal de la diócesis de Venecia, Albino Luciani
toma acabada conciencia de la corrupción mafiosa imperante en el Vaticano,
durante un encuentro con el poderoso monseñor Paúl Marcinkus.
El jefe de la administración vaticana había vendido la Banca Católica del Véneto
al Banco Ambrosiano de Roberto Calvi sin consultar al obispado de esa región,
es decir, al obispado comandado por el propio Luciani.
Cuando se convirtió en Papa, Luciani preguntó por qué la Iglesia se
desprendía de una banca que se dedicaba a ayudar a los más necesitados con
préstamos a bajo interés.
El entonces secretario de Estado, Giovanni Benelli, le contó de la existencia
de un acuerdo secreto entre Roberto Calvi, Michele Sindona y Marcinkus para
aprovechar el amplio margen de maniobra que tenía el Vaticano para realizar
evasión de impuestos, movimiento legal de acciones, etc.
La reacción de Luciani, recogida en el libro “Con el corazón puesto en
Dios: intuiciones proféticas de Juan Pablo I”, es de una enorme decepción:
“¿Qué tiene todo esto que ver con la iglesia de los pobres? En nombre de
Dios...” preguntó Luciani. Benelli, le interrumpió con un “no, Albino,
en nombre del dividendo”.
Unos años antes, a principios de los setenta, Roberto Calvi, había comenzado
una exitosa ascensión en el mundo de las finanzas italianas de la mano de su
benefactor, Michele Sindona.
Según diversas investigaciones, fue Sindona quien introdujo a Calvi en los círculos
del poder vaticano, en asociación con monseñor Marcinkus, uno de los más
firmes aliados de la mafia italo-norteamericana en el Vaticano.
De acuerdo a las investigaciones realizadas por Yallop, Gurwin, Sisti, Modolo,
Di Fonzo, Piazzesi, Bonsanti, Doménech y Rupert Cornweil, la mafia
italo-norteamericana utilizó las instituciones financieras del Vaticano para
blanquear dinero sucio procedente del tráfico de drogas y de armas, así como
de otras actividades delictivas.
Las investigaciones del proceso emprendido por la Justicia italiana,
demostraron que el estado Vaticano sirvió durante más de una década como
paraíso fiscal, siendo el IOR (Instituto para las Obras de Religión, también
llamado Banco Vaticano), aprovechado para enviar el dinero a cuentas en
Sudamérica (sobre todo Argentina) y Centroamérica.
Según quedó demostrado en el sumario instruido en Italia a principios
de los años ochenta, la conexión Banco Ambrosiano-Banco Vaticano fue la vía
a través de la cual Licio Gelli, jefe agente de la CIA, ingresó al núcleo
de personas influyentes en la Santa Sede.
El sacerdote católico español Jesús López Sáez relata en su libro “El día
de la cuenta”, que Pablo VI en relación al ingreso de Licio Gelli decía:
“el humo de Satanás entró en la Iglesia”.
Según afirma López Sáez en su libro, la alianza Vaticano-EEUU--mafia
siciliana-Cosanostra se había gestado al comienzo de la Guerra Fría
impulsada por la necesidad de enfrentar al enemigo común: el comunismo soviético.
Documentándose en libros como “El fantasma del pasado”, de Flamigni, Sáez
afirma que la mafia siciliana fue una especie de gobierno secreto
estadounidense al finalizar la II Guerra Mundial, establecido para impedir la
extensión del comunismo.
Según López Sáez la estructura mafiosa del Vaticano estaría controlada
directamente por la CIA, a la que habría pertenecido Licio Gelli, el “príncipe
de las tinieblas”, en aquella época de la historia italiana.
Según el periodista italiano Ennio Remondino, el ex colaborador de la CIA,
Richard Brenneke, afirmaba que "Gelli había trabajado para la CIA
recibiendo a cambio enormes sumas de dinero" .
Según esa versión, ese dinero era utilizado para financiar operaciones
especiales de la CIA con el terrorismo en los años setenta, cuyo origen
eran el tráfico de drogas y de armas controlado por la agencia
norteamericana, y cuyo objetivo se orientaba a desestabilizar o a
derrocar a gobiernos "pro-comunistas" u hostiles a Washington,
principalmente en el patio trasero latinoamericano.
Una gran parte de las operaciones del "Contra-Gate" (según se dice,
dirigida en las sombras por el entonces vicepresidente de Reagan George Bush,
padre del actual presidente) se realizó mediante las redes financieras de la
mafia ítalo-norteamericana infiltrada en el Vaticano.
En el sumario abierto contra Roberto Calvi, se habla de que el Banco
Ambrosiano habría sido un trampolín al servicio de la CIA y la mafia para
distribuir cantidades siderales a las formaciones paramilitares "anticomunistas"
controladas por la CIA, con la complicidad de las ventajas fiscales del
Vaticano.
Esas fabulosas sumas de dinero fueron canalizadas a través de paraísos
fiscales como Panamá o Nassau, que después servirían para financiar todo
tipo de operaciones secretas (asesinatos de militantes y dirigentes de
izquierda, golpes de Estado, desestabilización de gobiernos, etc),
fundamentalmente en América Latina.
El ex dictador panameño Noriega, un agente de la CIA , intentó sin suerte
que el Vaticano intercediera para su liberación tras ser derrocado de la
presidencia de Panamá.
Según sus biógrafos, cuando llegó a Roma el Papa Luciani, quien soñaba con
una reforma profunda de la Iglesia, venía dispuesto a cortar de raíz las
conexiones financieras, políticas y doctrinales de la mafia
italo-norteamericana en el Vaticano.
En el libro de Camilo Bassoto “Mi corazón está todavía en Venecia”, se
transcriben las siguientes palabras del Papa Luciani: “sé muy bien que no
seré yo el que cambie las reglas codificadas desde hace siglos, pero la
Iglesia no debe tener poder ni poseer riquezas".
Cuando Juan Pablo I accede a la jefatura de la Iglesia católica decide
destituir a Paúl Marcinkus y renovar íntegramente el Banco Vaticano.
Según relata Camilo Bassoto, periodista veneciano y amigo personal de Juan
Pablo I, Luciani “pensaba tomar abierta posición, incluso delante de todos,
la mafia, publicar cartas pastorales sobre la mujer en la iglesia y la pobreza
en el mundo”.
Luciani se disponía, en definitiva, a revisar toda la estructura de la Curia
contaminada por la mafia y los servicios de inteligencia con terminal en
Washington.
“Aquella que se llama sede de Pedro y que se dice también santa no puede
degradarse hasta el punto de mezclar sus actividades financieras con las de
los banqueros.... Hemos perdido el sentido de la pobreza evangélica: hemos
hecho nuestras las reglas del mundo”, fueron sus palabras al llegar, según
el periodista.
Eso lo convirtió inmediatamente en "el hombre que debía morir".
Washington, el Opus Dei y el Papa "anticomunista"
Eliminado (por "muerte súbita") el Papa Luciani, y con la promoción
del polaco Wojtyla al trono de Pedro se favoreció,
"casualmente", la salida que buscaban el Opus Dei y otros
movimientos integristas vinculados a la mafia italo-norteamericana para seguir
expandiendo su control sobre el cuerpo corrupto de la plana mayor del
Vaticano.
Cuatro años después, el Opus Dei y sus socios de la ultraderecha clerical
vieron disiparse el último nubarrón con la desaparición de Giovanni
Bennelli , el último opositor a la influencia creciente de la organización
de Escrivá con sus redes mafiosas extendidas hasta Washington.
Tras la muerte de Luciani, Juan Pablo II alcanza la jefatura del Vaticano en
el año 1978, en pleno desarrollo de la Guerra Fría por áreas de influencia
entre Washington y Moscú.
El perfil "anticomunista" de Wojtyla, su apostolado "anti-rojo"
en Polonia, calzaba a la medida de los intereses de Washington y de las mafias
financieras y de las drogas que hacían sus negocios con los gobiernos
ultraderechistas embarcados en la "guerra contra el comunismo",
tanto en América Latina como en el resto de los llamados países del Tercer
Mundo.
Con la muerte de Luciani, el polaco Juan Pablo II, el "Papa del Opus
Dei", ya tenía el paso libre para acometer su involución
doctrinal y perseguir los dos principales objetivos políticos trazados:
impartir la extremaunción a los regímenes de Europa del
Este y bendecir a los militares golpistas y represores que perseguían a
los Teólogos de la Liberación en América latina.
En esa persecución feroz fueron asesinados, entre otros, monseñor
Oscar Romero (1980) e Ignacio Ellacuría (1989), éste junto a otros cinco
jesuítas de la UCA y dos mujeres,quienes fueron masacrados por los
escuadrones de la muerte con complicidad del ejército salvadoreño.
Juan Pablo II, nunca escuchó a Monseñor Romero en sus súplicas para que
intercediera ante sus verdugos.
Curiosamente, Juan Pablo II había despedido a Monseñor Romero, unos meses
antes de su muerte, después de una audiencia en torno a las violaciones de
los derechos humanos con un “no me traiga muchas hojas que no tengo tiempo
para leerlas... Y además, procure ir de acuerdo con el gobierno”.
Como relata López Sáez en su libro, Monseñor Romero salió llorando de la
audiencia papal, mientras comentaba “el Papa no me ha entendido, no puede
entender, porque El Salvador no es Polonia”.
La conexión entre el Vaticano, EEUU y la mafia italo-norteamericana con el
Papa Juan Pablo II, fue favorecida por a obsesión que atenazó a
Wojtyla desde mucho antes de su llegada al poder: acabar con el comunismo
"ateo", el sistema en el que había vivido y que todavía seguía
vigente en su patria polaca.
La alianza del Vaticano con Washington -impulsada por los lobbystas del Opus
Dei y la Casa Blanca- ayudó a inclinar la victoria del capitalismo sobre la
URSS. Juan Pablo II fue el cruzado de la guerra contra el "ateismo
rojo" en los países bajo la órbita soviética y su prédica contribuyó
a legitimar "espiritualmente" la invasión capitalista a las
regiones comunistas de la ex URSS.
Durante la gestión de Juan Pablo II el Opus adquirió un enorme poder
en Roma. Su ascensión se vio coronada en 1992 por la beatificación de Escrivá
de Balaguer (el fundador del Opus Dei) por parte de Juan Pablo II -amigo de
larga data de la organización- apenas diecisiete años después de su muerte
y luego de un proceso expeditivo, donde sólo se tuvieron en cuenta los
testimonios positivos.
Sanjuana Martínez, en un artículo referido al libro Opus Dei, la telaraña
del Poder, señala que durante el papado de Juan Pablo II hay un beneficiario:
el Opus Dei. Su estatus de "diócesis supranacional" institucionalizó
su poder y radicalizó la guerra intestina en el Vaticano.
Los ejemplos concretos -señala Martinez- son contados por el grupo Los Discípulos
de la Verdad en el libro A la Sombra del Papa Enfermo. Los escándalos en el
pontificado de Juan Pablo II y la lucha por la sucesión, publicado por
Ediciones B.
En el capítulo titulado Los pecados del Papa Wojtyla el libro hace un
recorrido por los escándalos de corrupción, los negocios ilegales y los
apoyos del Vaticano a los regímenes dictatoriales de, entre otros, América
del Sur.
En el apartado titulado "El obispo 007" detalla las
responsabilidades de Juan Pablo II en el escándalo financiero del banco
pontificio IOR-Ambrosiano, dirigido por Monseñor Paul Marcinkus, confirmado
en su puesto por Wojtyla.
"La quiebra del Banco Ambrosiano fue una colosal estafa que costó a los
acreedores y a los contribuyentes italianos 287 millones de dólares y a los
fieles de la Iglesia al menos 241 millones de dólares. La estafa fue posible
por la objetiva connivencia de la banca papal, y el IOR sólo pudo ser cómplice
gracias a la anuencia --implícita o explícita-- de Juan Pablo II.
El escándalo del IOR-Ambrosiano costó la vida a Roberto Calvi. Si se trató
de un suicidio, "monseñor Marcinkus estuvo entre quienes empujaron a
Calvi a su desatinado gesto".
En cualquier caso, "el pontífice polaco no pronunció una sola palabra
de cristiana congoja ni de humana piedad por la muerte violenta del banquero
católico, que durante tantos años había negociado en nombre y por cuenta de
las finanzas vaticanas, señala Martínez en su artículo.
El misterioso poder del Opus Dei, sus tentáculos en las sombras, es, según
los expertos, el que impone la agenda dentro del sinuoso mundo de los negocios
y del control político sobre el Vaticano en la era de Juan Pablo II.
Su vinculación con la CIA y la mafia italo-norteamericana se intensificó en
la era de la administración Reagan-Bush, debido a sus contactos con la curia
ultraderechista latinoamericana, principalmente en Chile, Argentina, Paraguay
y Centroamérica.
El cardenal Wojtyla era el candidato papal del Opus y en su elección como
Papa cumplió un papel determinante el cardenal König, arzobispo de Viena y
hombre cercano a la organización.
Siendo obispo de Cracovia, monseñor Karol Wojtyla ya viajaba a Roma invitado
por el Opus, que lo alojaba en la bella residencia del viale Bruno-Bozzi N°
73, en un elegante suburbio de Roma.
Además de la categorización de la Obra y de la beatificación de Escrivá de
Balaguer -dos decisiones que levantaron una ola de críticas en todo el mundo-
el Papa Juan Pablo II se rodeó de miembros del Opus, señalados como
vinculados a los distintos vasos comunicantes de esta organización con
Washington y las redes de la mafia italo-norteamericana.
Según diversas investigaciones reflejadas en el libro del sacerdote católico
López Sáez, con Juan Pablo II en el poder del Vaticano, se desviarían
fondos ilegalmente del IOR, vía Banca Ambrosiana, a la financiación del
sindicato polaco Solidaridad con 500 millones de dólares entregados a Lech
Wallesa, el equivalente político de Wojtyla en Polonia.
El general Vernon Walters, antes de morir, y refiriéndose a Ronald Regan,
dijo que “fue quizá él quien ayudó al Espíritu Santo en la elección de
Wojtyla, y puede que colaborase en la muerte del Papa Luciani”.
Por su parte, Richard Allen, que fue consejero de seguridad del presidente
Reagan, afirmó que “la relación de Reagan con el Vaticano fue una de las más
grandes alianzas secretas de todos los tiempos”.
En realidad, y como queda expuesto en el libro del sacerdote López Sáez,
el ascenso de Wojtila al trono de Pedro había sido decidido a lo largo de la
década de los setenta, en la Casa Blanca y en los círculos del poder económico
de EEUU.
López Saez señala que con la ayuda de una profesora universitaria bien
"conectada", Wojtyla fue introducido en los círculos próximos al
poder de Washington a través del cardenal de Filadelfia, Krol, y del
renombrado político Zbigniew Brzezinski (ambos, de ascendencia polaca).
Otras fuentes en el Vaticano señalan que la otra pata decisiva en la
conexión de Juan Pablo II con Washington fue conformada por la relación de
su secretario privado, el arzobispo polaco Stanislaw Dziwisz (señalado como
el jefe del "grupo polaco" que controlaba a Wojtyla) con el
establishment de poder norteamericano "trilateralista" que giraba
alrededor de Brzezinski durante la administración Carter a fines de los 70.
Brzezinski, un personaje de los "tanques de pensamiento" (Think
Tank) norteamericanos, ligado intelectualmente al republicano Henry Kissinger,
fue consejero de seguridad del presidente Carter y se comunicaba
epistolarmente con Wojtyla en forma regular, cuando éste ya era el Papa Juan
Pablo II.
Gran admirador de Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski preconizaba una teoría
para debilitar y acorralar militarmente a la Unión Soviética (tesis que
siguió desarrollando tras la caída de la URSS) que sostenía que la mejor
manera era la desestabilización de sus regiones fronterizas y la penetración
ideológica, principalmente a través de la fe católica postergada desde la
instalación del comunismo en las repúblicas soviéticas.
En ese tablero estratégico encajaba perfectamente el ascenso del
"anticomunista" Wojtyla a la jefatura del Vaticano que Brzezinski y
el republicano Kissinger, en alianza con el Opus Dei y los sectores
conservadores de la Iglesia Católica, operaron en Washington y en los
cenáculos del establishment de poder norteamericano.
La figura de Juan Pablo II, por decirlo de alguna manera, "cerraba"
los dos propósitos fundamentales de Washington: abrir el camino a la expansión
de sus trasnacionales en Europa del Este de la mano de la prédica
"anticomunista" de Wojtyla, y apuntalar con el Vaticano a la
Doctrina de Seguridad Nacional, sustento motriz de las dictaduras militares
latinoamericanas que combatían al peligro "subversivo rojo" en la
región.
Con la llegada de Reagan al poder, la conexión entre el Vaticano y la Casa
Blanca se haría todavía más estrecha, cuando el ex actor designó
entre sus representantes de política exterior a católicos militantes
del Opus Dei, en una estrategia para aproximarse a la al estado mayor que
controlaba la política del Vaticano.
El Opus tras la sucesión de Juan Pablo II
Años más tarde de la ascensión del polaco Wojtyla al poder, un
miembro del Opus Dei, el español Joaquín Navarro Valls, la cara mediática y
el hacedor de la estrategia comunicativa de Juan Pablo II, se convirtió en
uno de los nexos principales de la administración de George W. Bush (el hijo
del ex presidente, y vice de Reagan, George Bush) con el Papa recientemente
fallecido.
Asimismo, Navarro Valls fue clave para que el Vaticano y la curia española
mayoritariamente "opudeísta" acogieran como suya, la alianza del ex
presidente de España, José María Aznar, con el gobierno de Washington.
En diciembre de 1984, Juan Pablo II nombró como nuevo director de la Oficina
de Prensa de la Santa Sede -y como único portavoz papal -al periodista
español Joaquín Navarro-Valls, miembro numerario del Opus Dei.
Esta designación-señalan los expertos vaticanistas- provocó fuertes
resistencias en el interior de la estructura del poder curial, debido a que
la influencia del Opus Dei sobre Papa Wojtyla se había convertido en
vox populi de los pasillos del Vaticano.
El poder e las facciones mafiosas se veía desbordado por la estrategia
del Opus, mediante la cual el "Papa mediático" se dirigía al mundo
a través de un portavoz del Opus Dei.
"En efecto, la Oficina de Prensa de la Santa Sede se transformó
enseguida por obra de Navarro- Valls en un gabinete de dirección mediática.
Navarro-Valls se se convirtió así en el "hombre de confianza" del
Papa, manteniendo una situación de contacto permanente solo igualada por el
histórico secretario privado de Wojtyla, el llamado "jefe del grupo
polaco", monseñor Dziwisz.
En los círculos del poder curial se señalaba que el responsable del
nombramiento de Navarro-Valls como vocero del Papa había sido monseñor Martínez
Somalo, operador político del Opus Dei, contando con la anuencia del
secretario Dziwisz.
Según los expertos, la Oficina de Prensa, en manos del Opus Dei, se separó
de la entonces Pontificia Comisión para las Comunicaciones Sociales y se
convirtió en un departamento autónomo de la Secretaría de Estado, bajo las
directas órdenes de Juan Pablo II.
Joaquín Navarro-Valls reestructuró las estructuras de la Oficina de
Prensa, que transformó en un instrumento opusiano dedicado a la proyección
de Juan Pablo II y a la mistificación de las "verdades
oficiales" de su apostolado mediático.
El vocero papal del Opus Dei se convirtió en el estratega mediático de Juan
Pablo II en el Vaticano, y sobre todo de sus giras por el mundo, cubiertas
por el aparato de las grandes cadenas internacionales y con millones de dólares
provenientes de los fondos de la Iglesia católica.
En un artículo el "vaticanólogo" Giancarlo Zizola afirma que:
"Con el favor del Papa Wojtyla, en los últimos tiempos el Opus Dei se ha
enriquecido con nuevos campamentos base a partir de los cuales proseguir su
escalada hacia más sólidas posiciones de poder".
Expertos del Vaticano, señalan que la presencia del actual Presidente Bush, y
los ex presidentes Clinton y Bush padre, en el velatorio de Juan Pablo II, fue
una operación urdida por el Opus Dei, contando con Joaquín Navarro Valls
como organizador y ejecutor principal.
El objetivo no sería otro que el de avalar -con la presencia del
establishment político de Washington- las operaciones secretas que están
realizando los miembros del llamado "cuadrilátero vaticano"
para imponer un Papa controlado por el Opus Dei en el cónclave de cardenales
a realizarse dentro de dos semanas.
El Opus se valió de ese lobby curial, la troyka del "cuadrilátero"
(también integrado por monseñor Dziwisz y el "grupo de los
polacos" que se convirtieron en custodios del Testamento del Pontífice
fallecido) para controlar la mayoría de la decisiones políticas del
Papa Juan Pablo II desde que fuera instalado al frente de la Iglesia Católica
en 1978.
Sus operadores más representativos en el cónclave de elección papal son los
cardenales Sodano, Herranz, y Ratzinger, quienes se encargarán de que en el
Vaticano siga reinando un Papa (de la ideología que sea) potable a las
decisiones de la conexión Washington-Opus Dei-mafia financiera
italo-norteamericana, quien pretende seguir controlando los destinos de la
"Santa Sede".
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